La “placita de La Atarazana” tiene más de medio siglo entre los sectores de la N-1 y la K-1

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La siguiente historia tiene su origen en la década del 70, cuando La Atarazana ya estaba casi totalmente poblada. 

Entre las manzanas N y K, donde hoy existe un colorido parque y plantas ornamentales, lo que había era un espacio vacío, sin rellenar, en el cual se asentaron unos 15 comerciantes de manera informal. 

En el sitio se ofertaba toda clase de víveres y hasta aquí llegaba la mayoría de los vecinos de la ciudadela para abastecerse. 

Legumbres, carnes de res o de cerdo, pescado, mariscos, frutas de la Costa y de la Sierra, así como comidas preparadas se ofrecían a diario. 

Era la época en la cual, por las primeras avenidas asfaltadas de la urbanización, transitaban los buses de la línea 10 (color amarillo con blanco y que llegaba al sur de la urbe por Las Acacias), el de la 16 (azul con rojo, el que también iba hasta el sur por el lado de la Domingo Comín) y el de la 2 (azul con blanco y que avanzaba hasta el suburbio de la urbe). Esta última frecuencia era la más usada por los estudiantes del colegio Aguirre Abad, y también por los ciudadanos que iban al barrio de tolerancia, conocido como “la 18”. 

Así es como nace lo que hasta ahora se denomina la “placita de La Atarazana”.  

La diferencia es que hoy los comerciantes ya no están en la vía pública.  

La mayoría se encuentra en locales acondicionados en dos manzanas -la N-1 (5 negocios), la K-1 (10 locales)- y tres más que se asientan en pequeños espacios de la vereda (un vendedor de periódicos, una señora que ofrece frutas y otra que comercializa mote con chicharrón y huevo). En total son 18 puestos. 

Oferta variada 

Cerca de medio siglo después de que se establecieran los primeros sitios de venta de víveres en esta zona, la oferta sigue igual. Eso sí, con más orden. 

En el sector hay de todo, desde un negocio que combina la venta de comestibles con la reparación de relojes y lentes; hasta un ciudadano que ofrece batidos exóticos con hierbas y sustancias extraídas de la amazonia peruana. 

A ellos se suman tiendas de abarrotes, despensas, comerciantes de frutas, de platos y vasos, de carnes, de pollo, de pescado y camarones, y un bazar. 

Atrás quedaron el hacha y el tronco que hace décadas empleaban los distribuidores de productos cárnicos, para cortar el hueso de res o el de cerdo; ahora en sus puestos tienen modernas máquinas y trituradoras.    

 

El “Zurdo”, fundador vigente 

Luis Quiroz Mite, más conocido como el “Zurdo”, tiene 55 años en la venta de alimentos en este sector. Es el único fundador de lo que fue la placita, y también de los locales establecidos entre las manzanas N-1 y K-1.  

Empezó a trabajar con su padre desde su adolescencia y recuerda que tomaba el bus de la 10, incluso cruzó pequeños puentes de madera para llegar hasta la ciudadela. 

“En esa época había dos comerciantes: uno en la B-3 y otro en la N-1, donde llegué. Estuvimos en tres sitios distintos del mismo sector”, rememoró Quiroz. 

Su labor específica era cambiar los billetes de sucre en moneda fraccionaria, para dar el vuelto a los clientes; posteriormente se involucró en el manejo de los abastos. 

Tras varios años de aprendizaje y el retiro de su progenitor del negocio, tomó la posta hasta hoy. 

“La libra de hueso costaba 4,50 sucres y la de carne, 5 sucres”. 

El “Zurdo” (69 años) contó que en todos estos años solo en cuatro ocasiones se ha cortado los dedos al momento de trocear las carnes. 

El peor accidente que se le sucedió fue una vez que tuvo un resbalón en su local y una de sus manos “aterrizó” en un balde que estaba lleno de filudos cuchillos. Tuvo que ser atendido de emergencia. 

Quiroz ya lleva un cuarto de siglo en el establecimiento esquinero de la manzana K-1. 

  

Los herederos 

“La esquina Tumbaco”, así se podría denominar al local que distribuye carne y sus derivados, pollo y algunos mariscos en el extremo de la manzana N-1. 

Aquello es porque el local antes fue administrado por Carlos Tumbaco y hoy en día lo hace su hijo, que lleva el mismo nombre. 

El negocio tiene 25 años en el mismo lugar, antes estuvo entre las manzanas K-2 y K-3. 

Carlos hijo se involucró en el comercio de carnes cuando tenía entre 12 y 15 años. 

Desde ese entonces no se ha dedicado a otra actividad y su horario de trabajo es desde las 06:30 hasta las 15:00, aproximadamente. 

El pequeño empresario recuerda cómo nació todo, desde la informalidad; pero al mismo tiempo pondera los cambios que él y sus colegas dieron al entorno. 

En su caso, hace algunos años hizo una importante inversión en equipos, congeladores y adecentó el local. 

Para Tumbaco, la parte más compleja de este negocio ocurre cuando hay escasez de carnes y, asimismo, en la época invernal. 

“En estos días no hay mucha carne y las lluvias complican el traslado de los animales”. 

A pocos metros de Carlos está Washington Espinoza, de 45 años. Él también tiene cerca de cuatro décadas ofertando alimentos en la zona.  

Su abuela fue fundadora. Ella estuvo entre los primeros que se asentaron en la placita. 

“Nosotros vendíamos gallinas y pollos criollos. Los precios variaron con los años y en su momento valían 8, 15, 30, 50 sucres…”. 

Espinoza tiene en su mente los momentos en que se faenaban y pelaban las aves en la vereda y a la intemperie. 

“Ya no hacemos eso. Ahora traemos los animales limpios y listos para la venta. Además, hay una infraestructura básica, si es necesario sacrificar el animal en presencia del cliente”. 

Este ciudadano también invirtió en artefactos para mantener en frío a sus productos. En su puesto se ofertan derivados de res, cerdo, embutidos y otros. 

En la manzana N-1, pero en la vereda de la avenida Nicasio Safadi, está el local de Simón Escobar. 

Su establecimiento ofrece productos industrializados y víveres, pero “don Simón” (61 años) -al igual que Quiroz- empezó como ayudante de un comerciante identificado como Anselmo Mosquera. 

Escobar cambiaba los billetes en monedas y años después vendía víveres que llevaba en un charol. 

A mediados de los 80 puso su primer local. Era un sitio pequeño en donde tenía prácticamente cosas muy básicas. 

El esfuerzo y el trabajo diario empezaron a rendirle frutos al poco tiempo. Tal es así que logró ubicarse en un sitio más amplio, adquirió refrigeradoras y congeladores e inyectó recursos a la compra de legumbres y otros productos. 

Es así como la legendaria “placita de La Atarazana” se transformó en una especie de centro comercial de alimentos al aire libre. 

Los exteriores de cada negocio están casi siempre limpios, no se perciben malos olores; y cada dueño de establecimiento procura atender satisfactoriamente a sus clientes. 

No es de extrañarse que las nuevas generaciones de los Quiroz, los Tumbaco, los Espinoza y los Escobar, algún día también tomen las riendas de lo que dejaron sus abuelos, o quizás sus bisabuelos. (I) 

 

Fotografías y videos: Miguel Castro/Atarazana Go! 

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