La iglesia, el Centro de Mejoras y varias manzanas de La Atarazana tienen el sello del maestro Lucho

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En una banca del parque contiguo a la “placita” de La Atarazana, el maestro Luis Alfonso Zhinín espera con calma la llegada de algún cliente. 

Este cañarejo de nacimiento, pero guayaquileño de corazón, -como él mismo dice-, es el primer gasfitero que tuvo la urbanización. 

Arriba a este sector, entre las manzanas N y K, desde muy temprano. Ahí se mezcla con los compradores de víveres y amigos, hasta que le salga “una obra”. 

En años pasados era común observarlo transitar por las calles y peatonales de la ciudadela con una pesada caja metálica llena de herramientas sobre sus hombros. 

Don Lucho traía sus implementos de trabajo desde Los Álamos donde reside. Hoy encontró dos lugares en los bloques de La Atarazana para guardarlos y así evitarse la cargada de los playos, llaves, tarrajas, pedazos de tubos, destornilladores y otros desde una distancia aproximada a unas 25 cuadras donde está su domicilio.  

El maestro Lucho no solo que ha reparado fregaderos, grifos, tuberías o instalaciones a centenares de vecinos durante décadas, también participó en los años 60 y 70 de la excavación y construcción de las viviendas en las manzanas P y Q; y en la edificación de la Iglesia del Señor de la Buena Esperanza y del Centro de Mejoras Atarazana. 

Múltiples oficios 

Zhinín, de 73 años y nacido en Azogues, es el único sobreviviente de una familia compuesta por sus padres y nueve hermanos. 

Desde muy pequeño se vio obligado a trabajar en las montañas de su natal provincia de Cañar, en Manta y en Guayaquil. 

Sus progenitores terminaron la relación y él estuvo por unos años con su padre, pero finalmente decidió quedarse con su mamá. 

De su paso por el territorio mantense rememora que en esa época estaba constituido solo por el barrio Tarqui, el cual tenía unas 20 casas de caña y un puente de madera. 

Apenas estudió hasta el tercer grado en la escuela República de Panamá, ya en Guayaquil. De ahí en adelante se desempeñó como betunero, hacía mandados, limpiaba casas, comercializaba frutas y periódicos. 

“Necesitábamos dinero para pagar el arriendo de la casa. Crecí en el barrio Garay y mi vivienda estaba en las calles Medardo Ángel Silva y Gallegos Lara”.  

Ya más adolescente, Zhinín se interesó por el fútbol y destacó como arquero. Incluso llegó a ser suplente de Enrique “Chino” Aguirre, quien años más adelante fue el guardameta de varios planteles de la primera división. 

“Mi papá no quiso que siga en eso. Pensaba que el fútbol era solo para los vagos y hasta ahí llegué”. 

A los 17 años contrae nupcias con Lidian Cruz, madre de sus seis hijos (uno de ellos fallecido).   

Con un poco de esfuerzo logra alquilar un departamento en las calles Guerrero Martínez y Alcedo. 

Las necesidades y gastos de la novel pareja crecían tanto como el vientre de ella por la inminente llegada de su hija. 

Su llegada a la ciudadela 

Las inmediaciones de la manzana E, donde hoy se levanta el restaurante “Pollos Sansón”, es el primer lugar donde Luis Zhinín trabajó haciendo excavaciones. 

Todavía no cumplía la mayoría de edad, pero ya era rápido y fuerte para sacar la tierra, el lodo y las piedras con el fin de colocar la tubería para el alcantarillado.  

“Me ganaba 9 sucres diarios por el retiro del material. Era bastante dinero en esa época. Alrededor de un año estuve en eso”, recordó. 

Por recomendaciones de conocidos pudo formar parte del campamento del ingeniero Enrique Palau, quien en ese entonces era el responsable de erigir las casas de las manzanas P y Q.  

Su ingreso se dio en calidad de bodeguero, labor de la que tenía pocos conocimientos, pero es aquí donde aprende de gasfitería, albañilería, hizo de chofer y hasta de pintor. Por cuatro años se nutrió de conocimientos y enseñanzas de técnicos y profesionales de la construcción. 

“Trabajábamos a pico y pala en las excavaciones. No había maquinaria ni equipos. Hicimos grandes zanjas. Soy uno de los constructores de la ciudadela”, dice con orgullo. 

Posteriormente consiguió un empleo en una gran bodega de cemento y materiales de construcción que había frente a la manzana D-5, donde hoy se levanta el edificio del Centro Municipal de Desarrollo de Habilidades “Valientes”, inaugurado a finales de 2020.  

Luego comenzó a laborar para el desaparecido Banco Ecuatoriano de la Vivienda (BEV) en donde su función era dar el mantenimiento de los ductos de agua de los bloques de La Atarazana. 

A pesar de este trajín y las oportunidades, este maestro optó por independizarse y trabajar de manera particular. 

“Ganaba mucho más dinero que cuando estaba enrolado a una compañía. Al menos 150 sucres diarios me ingresaban. Eso era un dineral y me permitía ahorrar o comer gallina todos los fines de semana”, recuerda.  

¿Por qué la gasfitería? 

El vínculo entre Zhinín y la gasfitería se mantiene y perdurará por muchos.  

Así lo admite este personaje a quien por su edad no le permitieron ingresar a capacitarse en la Junta Provincial del Artesano del Guayas. 

Su credencial más importante es un certificado emitido en 2002 por el presidente del gremio de ese entonces, Juan Santos Morla. 

Don Lucho exhibe orgulloso ese papel semidestruido por el paso del tiempo. 

De acuerdo a Zhinín la gasfitería es un trabajo de mucha inteligencia.  

“No solo se trata de sacar o poner una llave. Eso lo hace cualquiera. Hay que saber lo que dicen los planos, es fundamental conocer distintas cosas de este mundo”. 

Las primeras herramientas 

Uno de los mejores regalos que ha recibido el maestro Lucho en su vida fueron sus primeras herramientas. 

Un amigo que era educador de la Junta del Artesano le regaló una caja metálica y las llaves con las que empezó a tejer su historia. 

Aún conserva estos implementos como un tesoro y los emplea cuando realiza una reparación o cambio de tubería. 

Recién 4 años después de eso es que pudo adquirir “más fierros” con sus ganancias. 

Zhinín cuenta que sus momentos más felices son cuando tiene trabajo, pero si no lo hay tampoco se desespera. 

“Ya laboré por muchos años. Por suerte hoy tengo como para sobrevivir con la ayuda de mis hijos, quienes se encuentran en España. No me pude jubilar porque una empresa donde me desempeñé no hizo las aportaciones del caso”. 

Una anécdota, con susto incluido, que se pegó este cañarejo en sus labores, ocurrió en una finca arrocera del cantón Samborondón hasta donde lo llevaron para que destape el tubo de una máquina que procesa arroz. 

“Logramos abrir la tubería y un potente chorro de agua nos expulsó a 4 personas más y a mí por casi 5 metros. Nos quedamos paralizados en el suelo hasta que nos ayudaron”. 

El maestro Lucho se siente parte de La Atarazana, aunque reside desde hace muchos años en la vecina Los Álamos. Es en la primera de estas ciudadelas donde ha trabajado casi siempre. 

Calcula que a lo largo de su vida tuvo al menos 600 clientes en esta urbanización. 

Los años transcurren y si bien su rostro no luce arrugado ni está canoso, su mirada ya denota cansancio.  

Aquel hombre fuerte y de caminar presuroso con casi 50 libras de herramientas en sus hombros, ahora marcha más despacio. 

Eso sí no pierde el optimismo, la lucidez, la claridad y la precisión a la hora de contar su historia. 

Es un artesano de pocas sonrisas, pero de una gran memoria para narrar los hechos vividos en su barrio con detalles. 

No duda en manifestar: “Aquí en La Atarazana termino vida, de aquí me llevan al cementerio”. 

Hasta que ello suceda, continuará en alguna villa o departamento de la ciudadela reparando una tubería o una llave de agua. Eso es su vida. (I) 

Fotografías: Atarazana Go! 

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