“Compramos zapatos, planchas, ventiladores”, el grito diario de Luis

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Son las 8 de la mañana y en las avenidas principales de La Atarazana ya hay mucho movimiento.

En las vías internas también se registran diferentes actividades. Y es precisamente en estas donde Luis Véliz Sisalima, de 68 años, empieza su jornada laboral.

Al grito de “compramos zapatos, planchas y ventiladores”, en repetidas oportunidades, este guayaquileño busca captar la atención de los vecinos.

Él no lleva puesto un uniforme ni carga un portafolio en sus manos. Tampoco utiliza un teléfono celular de última tecnología.

Simplemente llega vestido con una camiseta y una bermuda desde el Guasmo Sur, haciendo una breve escala en el centro de la urbe, y desde allí conduce su viejo triciclo hasta la urbanización. Ha hecho este recorrido desde hace más de 40 años.

Véliz forma parte de esa enorme población flotante que llega a diario a la ciudadela para desempeñar alguna labor. En este caso, su oficio consiste en comprar artículos usados, para luego revenderlos en las inmediaciones del mercado de las Cuatro Manzanas.

Trabaja desde su niñez

Don Luis se inició en esto cuando tenía aproximadamente 15 años. En esa época el negocio giraba en torno a los periódicos y a las botellas vacías, los cuales se compraban y vendían en sucres.

Luego, hubo un tiempo en que también se dedicó al comercio de frutas, en grandes charolas, que portaba en ambas manos. Eso aconteció cuando existía el Mercado Sur, hoy conocido como Palacio de Cristal.

“Vendía papayas que un señor me daba, pero eso duró hasta que derribaron todo lo que había ahí y construyeron lo que hay ahora”.

Véliz debe medir cerca de 1,65 m y pesar unas 150 libras. Tiene la piel curtida por el sol de tanto recorrer las calles de La Atarazana y la FAE.

Sus manos son toscas, pero hábiles. En todos estos años ha atado miles de nudos, para asegurar en su vetusto triciclo los artefactos de todo tamaño que compra o le regalan.

En su rostro se destaca una amplia sonrisa debajo de un bigote algo canoso.

Si hay algo de lo que se jacta Luis es de que tiene muchos amigos en la ciudadela.

“Hay personas que me regalan sus artefactos que ya no usan o están en mal estado. Yo los llevo para venderlos y rescatar las piezas que sirven. En algunos casos son reparados y vendidos a personas de escasos recursos”.

Del Suburbio a las calles

Véliz ha vivido durante varias etapas en este sector popular de Guayaquil.

Residió en las calles 4 de Noviembre y la 13; pero también en la 21 y San Martín.

Forma parte de un grupo de ocho hermanos, de los cuales tres ya fallecieron. Apenas alcanzó a estudiar hasta el tercer grado.

Se casó, desde muy joven, con Diana Franco, con quien tuvo varios hijos que ya le regalaron nietos.

Este adulto mayor, que alguna vez soñó con estudiar mecánica automotriz, es aficionado a la salsa y le gusta el fútbol.

A Luis le ha tocado vivir cosas complejas en su adultez, entre ellas un asalto a pocos metros de la piscina de Luis Bajaña, en Los Álamos. Se le sustrajeron los $ 20 que tenía para invertir ese día.

Además, se contagió de COVID-19 en los momentos más críticos de la pandemia.

“Un hijo me ayudó con los gastos del tratamiento médico. Estuve mal. Apenas podía caminar. Si no me morí es porque Dios no me quiso llevar”.

A La Atarazana

Don Luis aún recuerda cómo se produjo su llegada a la ciudadela donde aún labora.

Él estaba laborando en el sur, pero en esa zona ya había bastante competencia. Es un colega quien le comentó que en las ciudadelas La Atarazana y FAE no trabajaba nadie en la compra de artículos usados.

“Así es como vine. Lo hacía empujando una carretilla que traía desde un garaje en el centro de la ciudad”.

Véliz añade que la urbanización estaba a medio edificar y no había muchas calles.

“Todo era pampa o terrenos con montes muy altos. No había buses como los hay ahora”.

A diario, Luis se expone al polvo, al implacable sol veraniego y a las lluvias durante los inviernos.

En más de una ocasión se enfermó por esto y no pudo salir a trabajar. Sin embargo, apenas logra recuperarse vuelve a las calles de La Atarazana.

Aquí es donde labora y pudo conseguir el dinero para alimentar y educar a sus hijos.

Afirma que continuará en el negocio, pues “estar metido en su casa” durante largas horas le aburriría.

El anciano de piel oscura y de sonrisa amplia siente que aún tiene fuerzas para empujar su triciclo. ¿Hasta cuándo?, ni él mismo lo sabe. (I)

Fotografías: Atarazana Go!

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