Con machetes y palas se construyó la avenida Democracia

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La escasa infraestructura vial de La Atarazana en sus inicios fue un verdadero problema para los primeros pobladores.

Incluso cuando ya la urbanización estaba completamente habitada, los moradores debían caminar hasta la Avenida de las Américas, con el fin de tomar los buses para trasladarse.

Internamente, en 1966, las calles eran de tierra, pues la pavimentación llegó muchos años más adelante.

Los únicos contentos de que las vías fueran así, eran los niños que aprovechaban para jugar con sus canicas o al trompo.

Lo que hoy es la avenida Carlos Luis Plaza Dañín, en ese entonces era la única -aunque estrecha- ruta de entrada y de salida.

Para llegar al sector del Cementerio General, de acuerdo al vecino fundador Raúl Cobos Zúñiga (86 años), había que cruzar caminando por cerros de lodo y tierra, así como una espesa vegetación.

En el trayecto era fácil encontrarse con serpientes, zarigüeyas, roedores, alacranes y distintas alimañas.

Los vecinos decidieron unirse para solicitar a las autoridades correspondientes que construyeran la infraestructura necesaria (calles, parterres, servicio de alumbrado, etc.).

El 16 de agosto de 1967 nació el Centro de Mejoras Atarazana (CMA).

Esta institución barrial se formó con la finalidad de servir a la comunidad y de convertirse en el nexo con el Municipio y otras entidades. Inicialmente funcionó en el domicilio de la familia Guillén, en la manzana F.

Desde aquí surgió la idea de construir una ruta adicional, para que los moradores puedan entrar y salir de la ciudadela.

Uno de los gestores, según Raúl Cobos -quien es tecnólogo en electrónica y telecomunicaciones-, fue el vecino Hugo Martillo, de la manzana E.

“Él, junto a los primeros socios del CMA, y un grupo de atarazaneños unieron sus fuerzas para -a punta de machetes, palas y picos- edificar lo que es hoy la avenida Democracia”.

Cobos, oriundo del cantón Sígsig y quien reside en la manzana G, recuerda que cuando sus padres lo visitaban, debían cruzar por ese paso peligroso.

Por varias semanas, los vecinos trabajaron a sol y sombra hasta que al fin construyeron el camino.

A su criterio, esa vía debería tener el nombre de Hugo Martillo, en honor al vecino que lideró el proceso de edificación.

Don Raúl narra estos hechos como si los estuviera viviendo en ese mismo momento. Y es que este extécnico de la Aviación Civil posee una memoria privilegiada. Además, a pesar de superar los 80 años, aún transita por las calles y veredas de la ciudadela, ya sea a pie o a bordo del vehículo que conduce.

Su llegada a la ciudadela

Era un niño de aproximadamente 12 años cuando este azuayo decidió venir a Guayaquil, en busca de oportunidades.

Estudió en varios planteles y trabajó en diferentes oficios.

Algunas veces regresó a su amada tierra, para encontrarse con sus familiares. Cumplidos los 15 años de edad retornó al puerto principal, pero esta vez con el objetivo de quedarse.

A los 18 se casó con quien sería el amor de su vida: Celia Jiménez (+), la madre de sus dos hijas.

Con el paso de los años, Cobos se desempeñó en distintas funciones. Por ejemplo, laboró para la Policía junto a Agustín Albán Borja, intendente del Guayas. También estuvo en los hoteles Continental y en el Palace.

Es precisamente cuando trabajaba para este último sitio, que se le acercaron personas que promocionaban la venta de unas casas del Banco Ecuatoriano de la Vivienda (BEV).

En ese entonces, los esposos Cobos-Jiménez residían en las calles Colón y Santa Elena, en el centro de la urbe.

Raúl es convencido para que comprara una casa e ingresó su solicitud. La suya era la 155, entre las 800 que aplicaron en esa época.

“Algunos amigos que subían al cerro y miraban hacia La Atarazana me preguntaban si iba a vivir en ese fango”, rememora entre risas.

Junto a Cobos se inscribieron cinco compañeros, pero de ellos, solo dos se quedaron en la ciudadela.

“Los que se fueron se arrepintieron de hacerlo, y aún siguen pagando arriendo”.

Inicialmente le fue asignada una villa en lo que es la manzana B, pero no fue de su agrado. Decide entonces buscar una morada de mayor tamaño, aunque eso le costaría pagar más. Ahí le fue otorgada la residencia donde vive hasta hoy. Le hizo múltiples adecuaciones y cambios.

Por esos años también tuvo otras oportunidades de empleos, dentro y fuera del país, pero Cobos no se alejó de su casa. Era su sueño.

Sus padres y sus hermanos tenían un sitio propio donde vivir, y Raúl no se quiso quedar atrás.

Como anécdotas recuerda que no había energía en su vivienda y tuvo que pedirle a un vecino que le permitiera conectar un cable. Eso duró solo unos días. Después, finalmente, les fueron instalados los medidores.

Así mismo, no puede olvidar la cantidad de animales que muchas veces se metían en los domicilios. A su hija, por ejemplo, le picó un alacrán en su propia casa, y en cierta ocasión descubrió a una serpiente tratando de ingresar a la morada.

Dirigente barrial

Raúl Cobos es uno de los socios fundadores del Centro de Mejoras Atarazana. Cuando el BEV les concedió el terreno para la edificación de la sede, este comprendía todo lo que es hoy también la Asociación de Propietarios de La Atarazana (APA) y el Club Atarazana.

Sin embargo, por diferencias entre los vecinos, la propiedad se dividió en tres parcelas y quedó separada, tal como se ve en la actualidad.

Durante cuatro oportunidades ejerció la presidencia del CMA. Aquí, varios vecinos sumaron esfuerzos y recursos: Jaime Loaiza, Vicente Andrade, Luis Garzón, Luis Saritama, Segundo Benalcázar, José Zamora, Hugo Martillo y Luis Monroy (fallecidos).

Así también: Oswaldo Yerovi, Miguel Proaño, Belisario Zurita, Juan Bernabé y Enrique Ponce.

El centro fue construido por todos ellos, y por otros que posteriormente se integraron.

Gracias a gestiones de esta institución, se concretó la colocación del alumbrado público, se pavimentaron muchas calles y se construyeron las veredas.

La sede era el espacio para la realización de cursos dirigidos a las esposas de los socios y a las vecinas.

Igualmente, se organizaron presentaciones de títeres o teatrales, cuyos principales espectadores eran los niños del barrio.

Al rememorar todo aquello, Cobos sonríe, al mismo tiempo que le brillan los ojos, quizá disfrutando íntimamente la agridulce mezcla de felicidad y nostalgia.

Hoy, muchas cosas han cambiado, empero don Raúl se siente satisfecho de haber contribuido y trabajado durante varias décadas por la ciudadela que le permitió conformar su hogar.

Con el inexorable paso de los años, las vicisitudes del ayer se transformaron en alegría y bienestar para toda su familia. (I)

Portada: Cortesía del arquitecto Freddy Velasco

Fotos: Cortesía del tecnólogo en electrónica y en telecomunicaciones para la Aviación Civil, Raúl Cobos

Videos: Atarazana Go!

 

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