Navidad, una celebración basada en una fecha incierta y un origen pagano

0
815

Por Fausto Burgos Caputi

Llegó diciembre, y con él, la Navidad.

¿Estás listo para degustar un jugoso pavo o un suculento pernil, o quizás ambos platos, entre otros?

Y por supuesto, no faltaba más, todo generosamente rociado con las respectivas bebidas aperitivas y bajativas.

Felicidades… en tu mesa no solamente hay comida, sino también la compañía de seres queridos y regalos para intercambiar.

O tal vez tu realidad es otra. Veamos otro escenario:

Aún no sabes qué habrá en tu mesa. De hecho, no estás seguro si habrá algo para comer, mucho menos para compartir con alguien porque tus seres queridos están lejos. Y de obsequios, ni hablar, porque tu economía no te permite ni pensarlo.

Felicidades también… Y no, esto no es una ironía. Y te digo por qué: porque a pesar de tus carencias, tienes la oportunidad de celebrar la Navidad, no como la concibe el común de la gente: con excesos de todo tipo; sino con su real significado: rememorar el arribo de Jesucristo al mundo, aunque la fecha es incierta, pues nadie sabe cuándo nació nuestro Señor y Redentor (eso sí que es una ironía).

 Antes que nada, unas precisiones

Es necesario desenmarañar varias cosas respecto a lo que se conoce -o más bien, lo que se desconoce- sobre el festejo navideño en cuanto a su origen, costumbres, adornos y su simbología primigenia.

– La Navidad no consta en la Biblia como festividad, sino que fue recogida de culturas paganas e instituida posteriormente por la Iglesia romana.

– Jesús no nació el 25 de diciembre.

– La Navidad, como la conocemos hoy en día, es todo un sincretismo cultural. Se originó en Babilonia, recopila elementos de Egipto y de otros países, e incluso tiene referencias bíblicas.

– Este festejo religioso contiene varios componentes paganos, como las coronas, el árbol adornado con luces, esferas y una estrella de ocho puntas, que representa la estrella que guió hasta Belén a los Reyes Magos, que -por cierto- según la Biblia (Mateo 2:1-12) no eran reyes, no eran tres ni sus nombres eran Gaspar, Melchor y Baltasar.

– El árbol de Navidad es un culto a Nimrod, quien es bisnieto de Noé, el último patriarca bíblico antediluviano.

Ahora sí, dicho lo anterior, prosigamos.

Toda festividad necesita una fecha

Cuando nos referimos a una conmemoración -en este caso, Navidad-, significa que hay una fecha que marca ese día, entonces surge una pregunta inevitable: Si no hay un registro confiable, ni bíblico ni histórico, que determine la fecha del nacimiento de Jesús, ¿por qué se celebra el 25 de diciembre?

Para encontrar la respuesta, debemos hurgar en la historia:

Nimrod
Todo empezó en Babilonia. Aproximadamente en el año 3000 antes de Cristo (a.C.), una mujer llamada Semíramis adoptó un niño llamado Nimrod.

La Biblia indica que Nimrod es hijo de Cus, quien es hijo de Cam, quien a su vez es hijo de Noé. Llegó a ser “el primer poderoso en la Tierra” (Génesis 10:1-8). También fue el primer hombre que desafió a Dios al pretender igualar su grandeza al crear una edificación -la torre de Babel- tan alta que llegara al cielo. (Génesis 11:1-9).

Al transcurrir el tiempo, Semíramis pasó de ser madre a convertirse en esposa de Nimrod. La misma Semíramis se encargó de crear un culto a su consorte al asegurar que él era la encarnación del dios Sol, al cual adoraban los babilonios.

En su culto, el nombre de Nimrod cambió a Moloch o Baal, aunque a través del tiempo también se lo conoció como Kronos, y para los romanos fue Saturno. En sus rituales se sacrificaban niños, e incluso recién nacidos, los cuales eran incinerados vivos.

Posteriormente, cuando Nimrod murió, Semíramis cortó en pedazos el cuerpo del rey y mandó a enterrar los trozos en cada territorio de las tribus de Babilonia, con el fin de que la gente considerara sagrado el lugar donde yacía cada despojo, y así mantener vivo el culto.

 Nacimiento de Tamuz
De esa manera, Semíramis se convirtió en reina. Tuvo otro hijo, el cual -según ella- fue fecundado en su vientre por el dios Sol (la verdad es que era fruto de una relación con un sacerdote). Aquel niño nació el 25 de diciembre del año 3005 a.C. y lo llamó Tamuz.

Después a la monarca se le ocurrió decir que Tamuz era la reencarnación de Nimrod.

 Semíramis, reina y diosa

Por la asociación de Nimrod con el dios Sol, Semíramis declaró el 25 de diciembre como el cumpleaños de su deidad solar. Bajo su mandato hizo que la adoraran como a una diosa y se erigieron monumentos de ella con su pequeño hijo en brazos en toda Babilonia, junto con imágenes del dios Sol.

Aquel culto al sol, a la madre y al hijo se extendió como religión más allá de los confines de Babilonia, adaptándose y cambiando de nombres, según cada país y su respectiva cultura.

Adopción y readaptación del culto

Aquella festividad pagana originada en Babilonia fue acogida por la Iglesia.

En el siglo V después de Cristo (d.C.), dado que se desconocía la fecha exacta del nacimiento de Jesús, la Iglesia occidental establece que la celebración sea cada 25 de diciembre, curiosamente el mismo día de los antiguos festejos saturnales romanos, en honor a su deidad de la agricultura y, además, como bienvenida al inicio del nuevo sol por el fin del solsticio de invierno.

El catolicismo cambia el nombre de Semíramis por la Virgen María, y el de Tamuz por el de Jesús.

Simbolismos paganos y curiosidades
– El árbol: Representa la fortaleza y “renacimiento” de Nimrod. Al ser el pino un árbol de hojas perennes y capaz de resistir en pie la inclemencia del frío, se lo asocia con la vida en medio de la muerte invernal.

– Las esferas: Simbolizan la fertilidad, asociadas al árbol y a los obeliscos babilonios (en referencia al miembro masculino) que apuntan hacia arriba en la adoración al astro rey.

– La estrella: La estrella de Nimrod, de ocho picos, es el adorno principal del árbol y se ubica en la copa.

– Las coronas: En el norte de Europa, en el siglo VIII, las ramas de los árboles también llegaron a simbolizar a Nimrod. Junto con el árbol, los germanos y escandinavos decoraban sus hogares y templos con hojas de acebo, ramas y coronas. Las coronas eran ramas retorcidas en círculos, por lo que su forma se asociaría con la imagen del sol.

Un origen heterogéneo

La Navidad se deriva de fiestas paganas celebradas por el solsticio de invierno.

Entre las más conocidas de las que hay registro histórico está la Yule, de los vikingos; el culto a Nimrod-Baal, el nacimiento de Tamuz (el supuesto dios Sol), ambas de Babilonia; y las saturnales romanas, en honor a Saturno, dios de la agricultura y la cosecha.

Los festejos de Tamuz y las saturnales se realizaban el 25 de diciembre.

Podemos concluir que lo que hoy conocemos como Navidad es una readaptación de costumbres paganas al cristianismo, por intervención de la Iglesia católica romana, en su afán de atraer gente y engrosar sus filas de creyentes.

Bueno, por ahora, basta de historia y volvamos al presente.

Hoy por hoy

Para nadie es un secreto que diciembre, pese a ser el mes en el que se recuerda el nacimiento del Hijo de Dios hecho carne y sangre, dista mucho de ser un tiempo dedicado a la espiritualidad. No es casualidad que -estadísticamente- cada año se registre un exponencial incremento de actos delictivos y suicidios, en relación con el anterior.

Y la principal razón de aquello es porque la esencia de la Navidad se ha distorsionado, y en lo último que se piensa es en Jesús.

Muy por el contrario, se ha posicionado la idea de que es un tiempo de unión familiar, para disfrutar con amigos y seres queridos, lo cual -que quede claro- no es en lo absoluto malo ni cuestionable.

Lo que sí es reprochable es que, bajo ese pretexto, se exacerba el consumismo, lo comercial se prioriza y se da rienda suelta a toda clase de excesos, que hacen parecer a las saturnales romanas como matinés infantiles. Por supuesto que eso ocurre dentro de las limitaciones financieras de cada cual.

Es una época en donde las diferencias sociales y económicas se visibilizan y se ahondan más que nunca en todo el planeta. Todos los clichés imaginables de las pasiones humanas se reinventan: alegría y tristeza, bondad y ruindad, opulencia y miseria, generosidad y avaricia, lealtad y traición…

Precisamente por eso, la Navidad es una fuente inagotable de historias de todo género.

Solo basta recordar algunos títulos de películas: Mi pobre angelito (comedia), Duro de matar (acción), El Grinch… Scrooge (inspiradoras y reflexivas), El diario de Bridget Jones (comedia romántica) Gremlins (humor y terror), Kiss kiss, bang bang (film noir o cine negro), Joyeux Noel, 1914 (producción francesa que narra una emotiva historia real, protagonizada por soldados enemigos en pleno campo de batalla en la Primera Guerra Mundial)…, entre muuuchas otras producciones clásicas y contemporáneas.

Bien, al margen de cómo celebre cada quien con cada cual, ahora que conocemos pormenores del origen de la Navidad, ¿qué tal si cambiamos nuestro enfoque?

¿Qué tal si nos cambiamos el chip?

¿Qué tal si, a partir de esta Navidad, cuando pensemos en Jesús, ya no pensemos en el Jesús niño, sino en el Jesús hombre?

Aquel que llegó con una misión: ser el puente que nos conduce a nuestro Padre común.

Aquel que se convirtió en hombre para salvar a la humanidad de nuestros pecados.

Aquel que nació para cumplir con un glorioso destino, que aceptó a sabiendas de que al final del camino enfrentaría una cruel, humillante y dolorosa muerte, como pago de una deuda que no era suya, sino nuestra. Una deuda que nunca habríamos podido pagar.

No esperemos a que llegue Semana Santa para reflexionar sobre el amor y el sacrificio de Jesús, el hombre, por todos nosotros.

Feliz Navidad para todos… aunque ya sepamos que el 25 de diciembre no nació Jesucristo. (I)

Portada: Atarazana Go!

Fotos: Tomadas de Internet

 Fuentes: Biblia Reina Valera 1960, Internet y YouTube.

 

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí