Y a propósito de la Navidad…

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Por: Fausto Burgos C.

En este tiempo de paz y amor, no está de más compartir un mensaje de reflexión, aunque quizá les arruine la magia de la Navidad a algunos porque vamos a conocer detalles ignorados sobre esta celebración, su evolución y cómo se ha distorsionado su significado en la actualidad.

Para empezar, hay que hacer un par de precisiones históricas para desmentir mitos y falsedades sobre la Navidad:

Jesús no nació en diciembre

Según investigaciones de historiadores, científicos y teólogos, Jesús nació entre septiembre y octubre , meses de temporada cálida.

Si revisamos la descripción de la Biblia (Lucas 2:1-7), aquella noche, un ángel se presentó ante unos pastores que cuidaban sus rebaños para darles la noticia de que había nacido el Rey de reyes.

Si el texto menciona a unos pastores en la noche, es imposible que fuera en diciembre porque en ese mes es invierno en la región de Belén, que está ubicada en Palestina. El clima es frío e incluso a veces hay nieve.

Por tanto, en esa época de frío, no podía haber pastores a la intemperie, cuidando y apacentando rebaños, mucho menos durante la noche.

La Biblia describe el nacimiento de Jesús, pero no dispone celebrarlo

A diferencia de su muerte en la cruz, que se recuerda y festeja en Semana Santa porque representa su sacrificio por la humanidad y su victoria sobre la muerte mediante su resurrección.

De esa manera, en un giro de trama inaudito, la cruz, que era un símbolo de vergüenza y humillación, Jesús la transformó en un símbolo de fe y esperanza para los cristianos y para el mundo.

Entonces, si se desconoce la fecha exacta del nacimiento de Jesús, y si la Biblia no determina festejarlo, ¿por qué se celebra el 25 de diciembre?

Antes que nada, hay que tener claro que la Navidad y sus símbolos (el árbol, las esferas, la estrella) son una combinación de costumbres, rituales y festejos paganos inmorales de varias culturas a través de la historia.

Desde los babilonios, egipcios, celtas y vikingos, que adoraban a dioses falsos y les ofrecían sacrificios humanos, incluso niños; hasta los romanos, que adoraban al sol en sus fiestas saturnales con excesos de todo tipo durante siete días: orgías, banquetes y obsequios, que comenzaban el 25 de diciembre.

Es así que la Iglesia católica romana, en su proceso expansionista, escogió estratégicamente esa fecha, dedicada al sol, como el nacimiento de Jesús, con el fin de atraer a más pueblos paganos y convertirlos al cristianismo.

La idea era transformar el día más pervertido del año en una festividad religiosa.

Bien, ahora que conocemos el perturbador origen de la Navidad, surge la inevitable pregunta: ¿debemos celebrarla quienes nos consideramos cristianos?

Pues eso depende de cómo decida hacerlo cada cual.

Dado que el origen de la Navidad es pagano, quienes decimos ser seguidores de Jesús, no podemos dejarnos arrastrar por los excesos ni por la efervescencia del consumismo de la época.

Sin embargo, eso no significa que debamos criticar a quienes gustan de poner un árbol, adornarlo, dar regalos y disfrutar de una buena cena… Eso no es en lo absoluto cuestionable, siempre y cuando se tenga claro que el protagonista de la Navidad es Jesús, no el pavo, ni el chancho en la mesa, ni Papá Noel, ni el árbol ni los regalos.

Aunque nadie sepa cuándo nació exactamente Jesucristo, cada 25 de diciembre es una oportunidad para reunirnos en su nombre con nuestros seres queridos, para recordarlo y agradecer su amor y sacrificio.

Es decir, debemos tener presente lo que realmente importa: que ese bebé llegó al mundo para cumplir con una misión, por la cual posteriormente moriría de una manera cruel y dolorosa.

Por nosotros, para redimirnos, para pagar con su vida una deuda que no era suya: nuestros pecados.

Celebremos, pero no olvidemos quién es el verdadero protagonista de esta fiesta: el Príncipe de Paz, nuestro Señor y Salvador, Jesús.

Se lo debemos. (I)

Portada y fotos: Atarazana Go!

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