Más de 5 mil alumnos educó, en 42 años, la señorita Adela

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Ella es una referente, un personaje histórico de la ciudadela Atarazana. En cualquier calle o peatonal de la urbanización, por donde transita, la saludan con respeto y admiración quienes fueron sus alumnos, en la Escuela Fiscal Mixta No. 70 Presidente Velasco Ibarra.

Adela María Ibarra Alvarado, de 72 años, no es una vecina más ni una educadora cualquiera en este sector.

Es la maestra de maestras. A lo largo de su trayectoria, en uno de los planteles más antiguos de la zona, educó a más de 5 mil alumnos cuando se desempeñó como profesora (34 años) y como directora (8 años).

Es impresionante la lucidez y la manera tan precisa, con que recuerda sus primeros pasos como pedagoga.

Cada detalle que narra en esta entrevista lo cuenta con seguridad. Es como si lo estuviera viviendo en ese mismo instante.

Su voz continúa siendo rasposa. Es la misma con la que les enseñó a muchos niños y niñas las diferentes materias, pero también con la que les habló y les aconsejó, para que se conviertan en personas correctas, en personas de bien.

Atarazana Go! conversó hace más de un año con la señorita Adela, como la conocen respetuosamente sus millares de alumnos y colegas.

La amena y emotiva charla se dio en su domicilio de la manzana D-5.

Esta publicación debía salir hace varios meses, pero por situaciones personales que debió afrontar la maestra, se postergó.

Hoy, compartimos con nuestros lectores y seguidores, lo que fueron casi dos horas de profunda conversación sobre su educación, las peripecias que le tocó vivir cuando se inició como profesora, su llegada a la Velasco Ibarra y una serie de anécdotas jamás contadas.

Más que un reportaje, este es un reconocimiento a quien dio buena parte de su vida por el magisterio en La Atarazana.

Una allegada la inspiró

Adela María es la única hija del matrimonio entre Segundo Ibarra y Atala Alavarado, ambos fallecidos hace varios años. Ninguno de ellos fue educador.

Su atracción hacia la cátedra se dio por una allegada a la familia que se llamaba Isabel Maquilón. Esta última tenía una escuela particular en donde Ibarra estudió hasta el quinto grado.

“Desde ese momento me nació ese deseo por ser maestra”, afirmó.

El sexto y último grado de la educación primaria, lo hizo en una escuela fiscal que se llamaba San Francisco de Quito.

Los estudios secundarios, la joven Adela, los cumplió en el Colegio Nacional Normalista Rita Lecumberri. En esa época era uno de los más prestigiosos y reconocidos a escala nacional.

“Cuando vine a vivir a La Atarazana yo estaba terminando el colegio. Solía pasar cerca de la escuela Velasco Ibarra y me decía: algún día tengo que trabajar en esta institución”.

Con su título de bachiller normalista en mano, el siguiente paso era encontrar un trabajo, lo cual no fue nada sencillo.

Ibarra rememora que por esos años se había formado una organización del magisterio, la cual determinaba quién entraba a laborar o quién no.

“Me ingresaban en el listado de los candidatos a una plaza como maestra, pero después me borraban. Tuve que realizar un sinnúmero de gestiones, trámites y viajes a Quito hasta por fin obtener el nombramiento”, rememora.

No fue sino hasta el 15 de junio de 1970 en que tuvo en sus manos la acreditación que le permitía desempeñarse como educadora.

A los cinco días la notificaron para que se posesione en calidad de profesora en la Escuela Fiscal Mixta No. 4 Marina Gallardo.

“En el documento se mencionaba que esto quedaba en la parroquia Pascuales, hacienda La Aurora. Yo pensaba que era cerca, pero no fue así. Cuando fuimos a conocer con mi mamá, casi nos da un ataque”, narra entre risas.

La institución educativa, según Adela Ibarra, quedaba en Pascuales, pero hacia el fondo al pie de un río. Estaba cerca de una propiedad donde había una piladora llamada La Carmela.

“Tocaba bajarse y abordar una canoa a motor para llegar. Yo, en mi vida, me había subido a una de estas embarcaciones”.

Inicialmente -expresa- sintió algo de tristeza y ganas de regresar a su casa. Sin embargo, se armó de valor y se quedó trabajando por casi 18 meses.

El plantel tenía dos profesores (varones) y al menos 50 niños. Se trabajaba en dos jornadas: mañana y tarde.

Una de las dificultades para los maestros de esta escuela, es que a veces ya no había el servicio de transporte para el retorno a Guayaquil.

“En muchas ocasiones nos tocó venir a bordo de canoas, trepados en los sacos de arroz y mirando el río”.

La embarcación llegaba hasta un punto donde tomaban un bus que, primero pasaba por la Penitenciaría del Litoral (como se llamaba en esa época).

La novel maestra arribaba a su domicilio entre las 15:00 y las 18:00, pero de inmediato debía salir otra vez hacia la universidad.

Y es que Adela María no se conformó con el título de bachiller normalista, ella fue más allá y tras varios años de esfuerzos y sacrificios obtuvo su licenciatura en Ciencias de la Educación y Lengua, otorgado por la Universidad de Guayaquil.

“Salía entre las 22:00 y las 23:00 de las clases. Me venía sola en el bus de la 10. Nunca me pasó nada y nadie se atrevió a molestarme”.

Para llegar hasta la escuela en Pascuales, Ibarra Alvarado dejaba su casa a las 6 de la mañana y se embarcaba en el bus, de un conocido, que le daba el servicio de expreso a chicos del San José La Salle.

La profesora Adela se quedaba en la intersección de las calles Los Ríos y Primero de Mayo, y en ese sitio abordaba el carro que la lleve a su destino.

“Yo entré ganando 1.995 sucres (moneda de ese entonces). Estaba en la cuarta categoría. Como no podía regresarme almorzaba por allá, en la casa de una familia apellido Espinoza. Tengo gratos recuerdos de las personas que habitaban en ese sector”.

Ibarra venía gestionando su traspaso a una institución más cercana, pero no lo concretaba.

El sueño cumplido

Un 13 de mayo 1973, la supervisora de Educación del Guayas, Blanca Gordilla, se comunica con Adela María y le manifiesta que no madrugue ese día.

Era el inicio de clases en la región Costa y la hija de don Segundo y doña Atala, ya estaba lista. Había preparado sus clases, los libros, el traje y todo para empezar a trabajar.

Ese mismo día, se dio su anhelado traspaso a la Escuela Fiscal Mixta Presidente Velasco Ibarra. Su sueño de hacía realidad. Era como el premio a toda esa labor que había cumplido a muchos kilómetros de La Atarazana.

Cuando la señorita Adela narra esta parte de su historia al portal Atarazana Go! sus ojos brillan más de lo normal. La expresión de su rostro también cambia.

“Llegamos ese lunes y los niños ya estaban formados. Vi a las que serían mis compañeras: Gladys Molina, Jenny Espinoza, Bella Arreaga, entre otras. Además, estaba María Chávez Reyes, quien era la rectora”.

Sorpresa, alegría y mucha emoción. Eso fue lo que sintió en ese instante. El primer paralelo con el que trabajó fue el sexto grado ‘C’.

Cerca de 60 niños y niñas le dieron la bienvenida. Fueron horas muy intensas y profundas que aún recuerda con nostalgia y cariño.

Ibarra no ha olvidado los nombres de esos estudiantes, algunos de ellos ya han partido hacia la eternidad.

Los años pasaron y la señorita Adela dio la cátedra en distintos aulas y paralelos. Ella considera que fue una maestra estricta y firme. Le tocó ver como, poco a poco, sus colegas se iban cambiando de establecimiento y en otros casos, jubilándose.

Una de las que cumplió su ciclo laboral fue la misma directora de la Velasco Ibarra, María Chávez. El cargo quedó en manos de Josefina González quien permaneció en ese despacho por cerca de 12 años.

Por antigüedad, le correspondió a la señorita Adela asumir la dirección de la escuela. Primero, en calidad de encargada y después, con el nombramiento oficial otorgado por las autoridades educativas.

Ibarra Alvarado no olvida los momentos maravillosos que compartió con sus alumnos en las aulas, las fiestas navideñas, el apoyo de los padres de familia y demás celebraciones internas.

Aún mantiene el contacto con una de sus estudiantes que reside en el cantón Salinas, provincia de Santa Elena.

De su paso por el rectorado pondera las obras que se hicieron para remodelar el plantel, la edificación de una cocina, del laboratorio de computación y más.

Valores, lo más importante

La profesora Ibarra se jubiló en 2014. Hasta finales de septiembre acudió a su segunda casa. Ese fue el sitio que mayores satisfacciones le dejó, después de su hogar.

Ha ingresado en pocas ocasiones al establecimiento. Aún están algunos de sus compañeros de largas jornadas. Es imposible que no le vuelva la nostalgia cuando narra todo esto.

La señorita Adela evalúa lo que fue la educación del pasado y la del presente.

“Se enseñaban a los alumnos los valores y el respeto tanto a los padres de familia, como a los docentes. Se utilizaba el Manual de Carreño para eso. Ahora ya no se aplica ello”.

A Ibarra le llama la atención los cambios que ha experimentado la educación en ese sentido.

“Antes no sucedía lo que vemos hoy. Los chicos no eran insolentes ni atrevidos”.

Lo más favorable que observa, esta educadora, es la alta tecnología con que se cuenta para enseñar y aprender.

Adela María es madre de: Fátima (doctora), Beatriz (contadora-auditora) y de César (analista de sistemas).

A todos les inculcó el respeto y lo que son los valores. Seguramente, sus descedientes harán lo mismo y la educadora será recordada por eso entre las siguientes generaciones.

Igual sucederá entre quienes fueron sus alumnos, sus colegas y sus amigos. Por eso, es la maestra de maestras. (I)

Portada y fotografías: Atarazana Go!

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