Don Luis, el eterno distribuidor de leche de campo que se inició en La Atarazana

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Por las calles de La Atarazana, especialmente en horas de la tarde, transita un personaje que algunos vecinos conocen e identifican. 

Lo hace a bordo de una bicicleta, pero no es un vehículo cualquiera. Este tiene adaptadas unas estructuras para trasladar dos grandes bidones de metal, en cuyo interior hay leche fresca traída desde los campos del cantón Milagro.    

El sujeto que va a bordo de la bici es nada más y nada menos que don Luis Suárez Rodas. 

Don Lucho, como lo llaman cariñosamente sus allegados, tiene cerca de cuatro décadas entregando el producto  lácteo a la antigua, es decir, llevándolo en tanques medianos directo a las casas de sus clientes.  

Una de las particularidades de este guayaquileño, de 60 años, es la amplia sonrisa que muestra cada vez que saluda con un conocido, un vecino o un amigo. 

De piel curtida por los rayos solares y de mediana estatura, don Luis puede considerarse como el distribuidor oficial de leche de hacienda, tanto en La Atarazana como en la FAE. 

Suárez es abierto y espontáneo para dialogar. Responde rápido y está seguro de lo que dice en cada frase y en cada recuerdo. 

Los días de despacho son los martes, miércoles, viernes, sábados y domingos.  

La jornada arranca a las 15:00 y Suárez tiene definidas rutas fijas para atender a la clientela, estas incluyen el centro, el sur, el barrio Garay, las inmediaciones del estadio George Capwell y otros. 

El abastecimiento se da dos veces por semana y, para el efecto, don Luis se traslada hasta Milagro en bus. Previamente toma un taxi que lo lleva desde su casa a la Terminal Terrestre de Guayaquil, con sus cuatro bidones. 

El trajín empieza en la madrugada (04:00) y se extiende hasta el mediodía, cuando retorna a su domicilio, ubicado en la ciudadela Bella Aurora. 

En ese sector reside desde hace 2 años, pues antes vivió -durante 13 años- al interior de la Escuela Fiscal Mixta Presidente Velasco Ibarra, en La Atarazana. 

Por eso, Suárez es de la zona. Lleva a estos dos barrios en su alma y en su corazón. 

¿Pero por qué decidió quedarse en el territorio atarazaneño? Suárez contó que, si bien nació en el puerto principal, su crianza se dio en el cantón Milagro.  

Es justo allá donde empieza su historia como distribuidor de leche. 

“Resulta que un amigo es quien me da la idea de meterme en este negocio. Había trabajado en un diario, pero al irme al servicio militar por un año, al volver ya no hallé mi puesto. Luego busqué en otras empresas, sin tener resultados. Es entonces cuando acepté la propuesta”.  

Don Luis debía viajar frecuentemente entre las dos ciudades, en esa época no existía la central de transportes intercantonales e interprovinciales que desde hace años se levanta al final de la Avenida de las Américas. 

Los buses que hacían esos recorridos entre cantones tenían pequeñas terminales en el centro de la ciudad, sin embargo, la mayoría de unidades pasaba por La Atarazana. 

Es ahí cuando Suárez dice: “Voy a buscar clientes en este sector”. Efectivamente los consiguió. Fueron casi medio centenar de personas las que le compraban hasta 120 litros por día, en una época en la que cada litro costaba 15 sucres. 

“Yo no vivía aquí (en Guayaquil). Hasta ahora me pregunto si fue Dios quien me trajo acá, donde finalmente me quedé”. 

Ahora que los tiempos han cambiado y existe una enorme oferta de leche en funda, en envase tetra pak, en polvo y otras de diferentes marcas y precios, solo despacha 160 litros en toda la semana, a un costo de $ 1,50 cada uno.   

El número de compradores también cayó y apenas llega a 20. 

La bici, compañera eterna 

La bicicleta ha acompañado a Suárez durante buena parte de su vida. 

Este liviano medio de transporte se convirtió en el aliado perfecto para cumplir sus labores como distribuidor de leche, no solo en La Atarazana y ciudadelas contiguas, sino también en otros sectores de la urbe. 

“Gracias a Dios, nunca he tenido un accidente. He tomado muchas precauciones cada vez que salgo”. 

Por las manos de don Lucho ha pasado casi una decena de bicicletas. Rememora que la primera le costó 10 sucres.  

El modelo preferido para efectuar su trabajo es aquel conocido popularmente como “panadera”. 

“Son las más resistentes y duraderas. Las he tenido que cambiar ya cuando se les rompió el cuadrante”. 

La que usa actualmente le fue regalada por una tía hace un par de años. 

Suárez no sabe exactamente con cuántas personas se saluda cuando va por las calles de La Atarazana y de otros sitios de la ciudad. Pareciera que es amigo de todos. Y en cada alzada de mano, mientras maneja la bici, su sonrisa es como un agradecimiento cálido al pana o al cliente.  

Pero no todo en la vida de don Lucho ha sido alegría. Uno de los momentos más duros que enfrentó fue cuando perdió a su esposa, debido a una enfermedad. 

A partir de ese momento se quedó a cargo de sus dos hijos: Christian y Viviana. 

Entregó todo su tiempo, esfuerzo y dedicación a ellos. Hoy, ambos son adultos y se defienden por sí mismos, gracias a las enseñanzas y buenos consejos de su padre. 

Don Luis desconoce hasta cuándo seguirá en este añejo oficio, con el cual ha cosechado no solo fieles clientes, sino también amigos, anécdotas y buenos momentos.  

Dice que a veces se siente cansado, su rostro y su mirada denotan agotamiento; sin embargo, solo deben pasar unos segundos para que una sonrisa se le dibuje otra vez. Lo cierto es que seguirá recorriendo las calles de su querida Atarazana y de su amada Guayaquil. (I)  

Fotografías: Atarazana Go!

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